La naturaleza nos enseña que colaboración y sobrevivencia van de la mano

Hoy se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente bajo el lema “La hora de la naturaleza”. En este reportaje te explicamos por qué es urgente volver a mirar la naturaleza, cambiar nuestra relación con ella y ponerla en el centro de todas nuestras decisiones.

“La deforestación, la invasión de hábitats de vida silvestre, la agricultura intensiva y la aceleración del cambio climático han alterado el delicado equilibrio de la naturaleza. (…) Si continuamos en este camino, la pérdida de biodiversidad tendrá graves consecuencias para la humanidad, incluido el colapso de los sistemas alimentarios y de salud”, asegura el manifiesto de ONU para conmemorar este nuevo Día Mundial del Medio Ambiente.

Ante la crisis mundial que enfrentamos por el COVID-19 ¿A alguien le cabe duda de que nuestro planeta está enfermo y que nosotros hemos sido los causantes? De hecho, gran parte de la comunidad científica afirma que estamos ante una nueva época geológica: el Antropoceno o la “Edad de los Humanos”, debido al significativo impacto global que las actividades humanas han tenido sobre los ecosistemas terrestres.

Aún no hay un acuerdo común respecto a la fecha precisa de su comienzo. Algunos consideran que se inició a finales del siglo XVIII junto con la Revolución Industrial; otros con la aparición de los radioisótopos, producto de las bombas atómicas de la Segunda Guerra Mundial; otros investigadores remontan su inicio al comienzo de la agricultura, hace aproximadamente diez mil años. Es decir, no existe conceso de si el Antropoceno sucede o remplaza al Holoceno, la época actual en la escala temporal geológica, que se habría iniciado hace unos 11.700 años cuando los hielos de la última glaciación comenzaron a retirarse.  

En lo que sí hay consenso es en cómo la Tierra está cambiando aceleradamente por la actividad humana. Se han demostrado los cambios en los componentes de la atmósfera, los océanos y el clima, así como la tasa acelerada de extinción de especies y alteración de los ecosistemas. Según un informe de IPBES (Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas) hemos perdido un 20% de las poblaciones de especies silvestres desde 1900, y tenemos más de 1 millón de especies en peligro de extinción, de un total aproximado de 8 millones.

Esto es grave si consideramos que el desarrollo humano depende de la naturaleza: nuestra salud, bienestar, alimentación y seguridad están condicionados a sistemas naturales sanos. Es decir, la destrucción que estamos haciendo de los ecosistemas, además de ocasionar la desaparición de especies, repercute negativamente en la salud humana.

Un ejemplo es el COVID-19. Los científicos coinciden en que este virus es producto de una zoonosis, es decir, una enfermedad transmitida de animales a humanos. De hecho, desde la década del 80, los brotes infecciosos se han cuadruplicado y un tercio procede de animales, como en el caso del Ébola, el VIH, la peste porcina y la gripe aviar. Y la causa de este aumento en zoonosis es justamente la destrucción de hábitats naturales y la disminución de la biodiversidad, ya que los humanos continúan penetrando en el hábitat de los animales salvajes, talando bosques para criar ganado o cultivar. ¿El resultado? Las personas están cada vez más expuestas a los agentes patógenos que generalmente nunca abandonarían esos lugares.

Colaboración y voluntad

“Si no vamos a generar ningún cambio orientado hacia el bien-estar de la humanidad, sin pandemia viral o con ella, iremos derecho a nuestra extinción”, decía recientemente el premio nacional de Ciencias Humberto Maturana, en una entrevista publicada en La Tercera.

La naturaleza es esencial para el bienestar de las personas y, por lo tanto, la sobrevivencia de nuestra propia especie depende de ella y de la relación que generemos con ella. Y es la propia naturaleza la que nos enseña que la supervivencia se obtiene de procesos de colaboración.

Por ejemplo, las ballenas jorobadas generan redes de burbujas entre varios miembros para acorralar y consumir grandes cantidades de krill. Lo hacen para sobrevivir.

Los líquenes son asociaciones de hongos con algas que hacen una simbiosis para beneficiarse mutuamente. El hongo protege, da humedad y nutrientes al alga, y el alga mediante la fotosíntesis proporciona materia orgánica al hongo.

La ciencia ha demostrado que los árboles se comunican entre sí e intercambian recursos bajo tierra usando una red de hongos que imita a internet. Según la ecóloga forestal Suzanne Simard, las plantas interactúan y se comunican a través de una red subterránea de hongos que une a las plantas con el ecosistema circundante. A través de esta simbiosis, las plantas pueden contribuir al desarrollo y crecimiento mutuo y ayudar a los diferentes ejemplares del bosque. Así los árboles grandes ayudan a los pequeños a crecer, los cuidan.

Es más, toda la vida en la biosfera está interrelacionada y funciona como un gran sistema colaborativo. Según la hipótesis Gaia, de James Lovelock y Lynn Margulis, la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un sistema donde la vida se encarga de autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos. Y si se daña una parte de la biosfera, se está afectando a todo lo que está vivo.

Vale la pena preguntarse entonces, como individuos y como sociedad, qué hemos hecho con el equilibrio de la biosfera y qué caminos podemos tomar para mejorar ese equilibrio. La colaboración en la naturaleza es un mecanismo de sobreviviencia. En el hombre, esa colaboración tiene que venir de la voluntad, es una decisión. ¿Estamos dispuesto a ello?

¿Sabías que la pérdida de biodiversidad también afecta tu calidad de vida?

De seguro has escuchado las advertencias de científicos y organizaciones de todo el mundo sobre los peligros que trae la extinción masiva de especies y que la actual pandemia se relaciona directamente con la pérdida de biodiversidad. En el Día Internacional de la Diversidad Biológica te explicamos qué es, cómo se relaciona con los humanos y por qué su conservación es clave. 

En palabras sencillas la biodiversidad, o diversidad biológica, es el conjunto de todos los seres vivos del planeta, el ambiente en el que viven y la relación que guardan con otras especies. Es decir, la biodiversidad está compuesta por todos los animales, plantas y organismos, así como todos los ecosistemas, tanto terrestres como marinos, y todas las relaciones que establecen entre sí.

La diversidad biológica desempeña un papel fundamental en el funcionamiento de los ecosistemas y proporciona servicios esenciales para el bienestar humano. Más allá del suministro de bienes como alimentos, agua, combustibles y materias primas, los ecosistemas también tienen un rol fundamental en la regulación climática, la purificación del agua, la polinización, la regulación de enfermedades, el control biológico, la protección contra riesgos naturales, entre muchos otros.

“El rol más importante de la biodiversidad es mantener la vida en su conjunto, creando las condiciones óptimas para que podamos coexistir en la Biosfera. Con cada especie que se pierde, nuestro planeta es cada vez más vulnerable a los impactos de los humanos y cada día será más difícil revertir este proceso, degradando la naturaleza y con ello los sistemas de vida que estamos acostumbrados”, asegura Javier Trivelli, Ingeniero en Recursos Naturales Renovables y Director Ejecutivo de la Fundación Geute.

La pérdida de biodiversidad

Es evidente que la desaparición de una especie repercute en otras. Por ejemplo, sabemos que las abejas están desapareciendo por causas como el uso de pesticidas y la deforestación. La producción de alimentos a nivel mundial y la biodiversidad terrestre dependen en gran medida de la polinización. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), casi el 70% de la agricultura mundial depende exclusivamente de estos insectos. Asimismo, 250 mil especies de plantas florales dependen de ellas, por lo tanto, el planeta y nosotros ¿Podríamos subsistir sin abejas?

Esta interconexión entre especies hace necesario mirar los diferentes procesos que se dan en los ecosistemas con una mirada de conjunto, ya que una especie nunca se encuentra aislada en su hábitat, sino que se encuentra en uno u otro punto de lo que se conoce como una red trófica, en la que depende de otros seres vivos para sobrevivir y, a su vez, otros seres vivos dependen de ella.

Una mayor biodiversidad permite a un ecosistema resistir mejor a grandes cambios ambientales, haciéndolo más resiliente. La resiliencia de cualquier sistema y, en particular, de un ecosistema (es decir, su capacidad para absorber perturbaciones sin alterar significativamente sus características de estructura y funcionalidad) es mayor cuanto más rico y complejo es. En otras palabras: un ecosistema en el cual sus integrantes tengan más diversidad y número de funciones ecológicas será capaz de soportar de mejor manera una perturbación específica y recuperarse posteriormente, sin dejar de funcionar por ello.

El problema es que la biodiversidad está disminuyendo a gran velocidad a causa de factores donde el denominador común ha sido el hombre: cambios en el uso de la tierra y el mar, explotación directa de organismos, cambio climático, contaminación y especies invasoras. Un ejemplo claro de ellos es que cada año se pierden 13 millones de hectáreas de bosques en manos de la agricultura, ganadería y plantaciones forestales, una cifra alarmante si se considera que los bosques albergan a más del 80% de todas las especies terrestres de animales, plantas e insectos.

Según un informe de IPBES (Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas) hemos perdido un 20% de las poblaciones de especies silvestres desde 1900, y tenemos más de 1 millón de especies en peligro de extinción, de un total aproximado de 8 millones.

La actual preocupación por la pérdida de biodiversidad va más allá para algunos científicos, quienes afirman que las tasas de pérdida de biodiversidad son tan aceleradas que nos estamos acercando a la sexta extinción masiva de especies en la historia de la Tierra. Otros científicos hablan de que la homeostasis planetaria está peligro, es decir, que el equilibrio de la biosfera y las condiciones que permiten que la vida sea habitable (por ejemplo, la regulación de la temperatura) podría derrumbarse si seguimos arrancándole eslabones a esa cadena.

A nivel local

Chile posee características geográficas, ecosistémicas y de biodiversidad que son únicas, siendo considerado una isla biogeográfica, aislada por el desierto de Atacama, la cordillera de Los Andes, y el océano Pacífico.

En el país habitan más de 31.000 especies entre plantas, animales, algas, hongos y bacterias, que se presentan en una gran diversidad de ecosistemas marinos, costeros, terrestres e insulares. Y tenemos un endemismo de especies cercano al 25%, con una concentración inusual en la zona centro y sur del país, por lo que esta zona fue catalogada como uno de los 35 puntos calientes o hotspots mundiales de biodiversidad.

“Chile hay que cuidarlo, tenemos una biodiversidad única en el mundo por nuestra condición de isla geográfica y poseemos un alto índice de endemismo de especies, eso significa que muchos de los impactos que generemos y que tengan como consecuencia la pérdida de biodiversidad, no serán reversibles ni con toda la tecnología existente o por existir, si queremos seguir disfrutando en este planeta es necesario que cambiemos nuestros sistemas de vida, comencemos a pensar en cómo cuidarlo en vez de explotarlo”, explica Javier Trivelli.  

Días decisivos para el proyecto Dominga

Punguinos de Humboldt

Entre el 3 y 5 de marzo se realizaron los alegatos ante el Tribunal Ambiental de Antofagasta para decidir -nuevamente- el futuro del proyecto minero-portuario Dominga, el cual pretende instalarse en uno de los paraísos de biodiversidad de nuestro país. 

El rechazo o aprobación del proyecto Dominga es como esas teleseries de antaño que no acababan nunca. De hecho, a principios de marzo, se vivió un nuevo capítulo, donde el Tribunal Ambiental de Antofagasta escuchó los alegatos para volver a decidir el destino del proyecto, pudiendo revivir y perder su actual estatus de rechazado.

“Tuvimos que alegar una vez más sobre un proyecto que ya se había rechazado y que esperamos se mantenga así, porque Dominga es un mal proyecto, con información insuficiente y que no pretende hacerse cargo de los problemas ambientales que generaría. Pero, además, es un proyecto absolutamente desacertado por querer emplazarse en un lugar que es de importancia internacional por su enorme riqueza ambiental. Si somos tolerantes con los defectos de los proyectos vamos a tener resultados ambientales nefastos en medio de una situación ambiental que ya no da para más”, aseguró Macarena Soler, fundadora de Geute Conservación Sur y una de las abogadas que lideró los alegatos en contra del proyecto Dominga.

Recordemos que el proyecto fue rechazado el 2017 en el Gobierno de Michelle Bachelet, primero, por la Comisión de Evaluación Ambiental de Coquimbo y, luego, por el Consejo de Ministros para la Sustentabilidad. Ambas instancias argumentaron que el proyecto tenía graves deficiencias técnico-ambientales, una de ellas era la deficiente información de “línea de base”, es decir, la descripción detallada del área de influencia del proyecto previo a su ejecución. En palabras simples: si un proyecto no detalla en profundidad cuáles son los elementos presentes en el lugar donde se desarrollará, no puede especificar cuáles son los impactos que generaría, ni las medidas de mitigación que podría hacer para asegurar que el proyecto sea sustentable. 

Otros puntos para rechazar el proyecto fueron que las medidas de mitigación, compensación y reparación propuestas por la empresa Andes Iron SpA, eran insuficientes para hacerse cargo de manera adecuada de eventuales impactos significativos al medio ambiente y a la salud de las personas. 

A pesar del rechazo, Andes Iron no se rindió y presentó al año siguiente un recurso de reclamación ante el Primer Tribunal Ambiental de Antofagasta argumentando que hubo vicios en el proceso de rechazo. El Tribunal, sin evaluar el fondo del proyecto, sino que solo por razones de forma, les dio la razón y sentenció que el proyecto debía volver a votarse en la Comisión de Evaluación Ambiental de Coquimbo. 

Frente a esto, las organizaciones ambientales y la comunidad presentaron recursos de casación ante la Corte Suprema para que dejara sin efecto la resolución del Tribunal Ambiental y se mantuviera el rechazo al proyecto. Después de varios meses, en septiembre del año pasado, la Corte Suprema dictó la esperada sentencia y devolvió el caso al Tribunal Ambiental de Antofagasta, pero indicándole que ahora debía pronunciarse sobre el fondo del proceso, es decir, deberá analizar si la información ambiental que se desarrolló en el proceso de evaluación ambiental es suficiente o no para aprobar la iniciativa. 

Un paraíso de biodiversidad

El proyecto minero de la sociedad Andes Iron considera la construcción de dos minas a rajo abierto para la extracción de hierro y cobre, un puerto de embarque, áreas de relave y una desalinizadora. El problema principal es que el proyecto pretende ubicarse en una zona considerada prioritaria para la conservación de la biodiversidad del mundo. Se trata del sector costero emplazado al sur de las Reservas Marinas Islas Choros-Damas e Isla Chañaral y la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt, hábitat de numerosas especies emblemáticas amenazadas y en peligro como ballena azul, jorobada y fin, delfín nariz de botella, chungungo, lobos marinos y diversas especies de aves, donde destaca el 80% de la población mundial de pingüino de humboldt, especie vulnerable protegida por la legislación chilena.

Científicos y ambientalistas coinciden en que el proyecto Dominga tendría efectos ambientales negativos irremediables en la biodiversidad y ecosistemas del área, como consecuencia de las emisiones de material particulado que producirían las dos minas a rajo abierto, y de los residuos del proceso industrial generados en la extracción de hierro y cobre, los cuales contienen concentraciones de arsénico, plomo y mercurio, entre otros elementos tóxicos.

El Consejo de Ministros al mando de Michelle Bachelet, aprobó la creación de un Área Marina Costera Protegida de Múltiples Usos (AMCP-MU) en La Higuera, pero sin definir sus límites y el proyecto que quedó en estado de latencia hasta el día de hoy, sin existir avances en su declaratoria. Sobre esto, Macarena Soler es tajante: “Hoy es fundamental avanzar para que esta zona sea declarada como Área Marina Protegida, especialmente teniendo en cuenta la importancia de mantener la salud de los océanos en el escenario de crisis climática en que nos encontramos. En medio de esta crisis, lo lógico es pensar en conservar y restaurar nuestro medio ambiente, en vez de destruirlo”.