En lo profundo, aún somos nómadas

Antes de las ciudades, los templos, los ejércitos o las leyes, ya éramos humanidad. Y lo fuimos bajo los cielos abiertos, siguiendo el ritmo de las estaciones. Esa historia está inscrita no sólo en los libros de arqueología, sino también en nuestra biología y epigenética: somos criaturas hechas para caminar, observar, adaptarnos e interpretar el entorno.

Hace aproximadamente 700.000 años, nuestros antecesores ya habitaban África, Europa y partes de Asia. El Homo heidelbergensis, con un cerebro grande y cuerpo robusto, fabricaba herramientas complejas y posiblemente practicaba los primeros enterramientos, lo que sugiere un incipiente simbolismo. Esta especie, considerada antecesora directa de los neandertales en Europa y quizás del Homo sapiens en África, vivía en relación estrecha con su entorno natural y seguía patrones de vida nómada en pequeños grupos. Coexistían también con el Homo erectus, una especie con más de 1,5 millones de años de antigüedad, que había conquistado el fuego, perfeccionado la carrera bípeda y expandido su presencia desde África hasta Asia. Estas especies nos recuerdan que la relación con la naturaleza es parte estructural de nuestra historia evolutiva.

Según la evidencia genética y arqueológica, el 97% del tiempo de existencia de los Homo sapiens, es decir, nosotros, los humanos modernos, ha sido nómada, en pequeños grupos recolectores y cazadores. Nuestros cerebros, sistemas inmunes, ritmos circadianos y formas de vinculación se moldearon en ese contexto. La agricultura y el sedentarismo son fenómenos muy recientes, surgidos hace apenas unos 10.000 años, y no exentos de consecuencias para la salud humana y del ecosistema (Diamond, 1987).

En términos evolutivos, 10.000 años no son nada. Considerando que el Homo sapiens apareció hace al menos 300.000 años, es decir que si toda nuestra historia se comprimiera en una línea de 100 metros, la vida sedentaria ocuparía apenas los últimos 3 metros. La evolución biológica requiere miles de generaciones para que un rasgo significativo se consolide en una especie. En comparación, 10.000 años, alrededor de 400 generaciones humanas, apenas marcan el comienzo de una transición. Es un lapso breve si lo comparamos con los cientos de miles de años que moldearon nuestra biología como cazadores-recolectores. Nuestra fisiología básica sigue siendo la de cazadores-recolectores. Muchas de las enfermedades modernas (diabetes, hipertensión, obesidad) pueden considerarse ‘mismatch diseases’, es decir, desajustes entre nuestra fisiología ancestral y el entorno actual (Lieberman, 2013).

Hoy vivimos en un mundo donde lo natural ha sido encapsulado, reducido a experiencias fragmentadas en parques, reservas o paisajes turísticos, que, aunque esenciales, no bastan por sí solas.

Estudios en ecopsicología, medicina ambiental y neurociencia han mostrado que el contacto directo con la naturaleza disminuye la ansiedad, regula el sistema nervioso, mejora la concentración y reduce procesos inflamatorios. Un metaanálisis liderado por Caoimhe Twohig-Bennett y Andy Jones (2018) publicado en la revista Environmental Research concluyó que la exposición regular a espacios verdes está asociada con menores niveles de cortisol, presión arterial, frecuencia cardíaca, obesidad e incluso mortalidad prematura.

En Japón, se ha institucionalizado el concepto de “baños de bosque” (Shinrin-yoku), práctica basada en la inmersión sensorial en entornos naturales para restaurar la salud física y emocional. Estudios clínicos han demostrado que pasar tan solo dos horas en un bosque aumenta significativamente la actividad de las células NK (natural killer), que forman parte del sistema inmune innato (Li et al., 2008).

Pero este no es sólo un asunto de salud. Es también político, cultural y ecológico. La vida urbana moderna ha promovido una desconexión radical con los ciclos naturales y ha marginado formas de vida milenarias, muchas de ellas aún activas en pueblos indígenas o comunidades rurales. En paralelo, la crisis climática y ecológica nos muestra que cualquier modelo de desarrollo que ignore a la naturaleza como sistema vivo llega a su límite.

El retorno a una relación directa con la naturaleza no implica necesariamente volver a las cavernas, sino reconocer que la ciudad no es el único destino de lo humano. Existen hoy alternativas vibrantes: movimientos de rewilding personal, agricultura regenerativa, educación al aire libre, trabajo remoto en entornos rurales, e incluso urbanismo biocéntrico.

Quizás es tiempo de entender que no necesitamos “usar” la naturaleza, sino habitarla. Y ese verbo “habitar” exige una relación de respeto, de reciprocidad, y de escucha. No se trata de “conservar” como quien congela una postal, sino de participar activamente en una red de relaciones vivas, donde también somos parte del equilibrio.

Los pueblos nómadas, los recolectores, los caminantes, los trashumantes… nos recuerdan que la humanidad tiene una larga historia, cuya memoria está en nuestros cuerpos y puede ser también una brújula.

Puede ser que la pregunta sea cómo habitar el mundo de otra forma. Si cada vez más estudios confirman que el contacto cotidiano con la naturaleza no es un lujo, sino una necesidad biológica, emocional y social, tal vez ha llegado el momento de repensar nuestras prioridades. No todos querrán vivir cerca del bosque, del mar o del campo. Pero quienes sí lo desean, quienes buscan formas de vida más simples, más integradas, más sanas, deberían encontrar en esa decisión no una excepción apenas tolerada, sino una posibilidad viable, legítima y celebrada. Porque en tiempos de crisis planetaria, reencontrar el equilibrio con la tierra no es sólo un gesto personal: es una forma de cuidar lo común.

En distintas partes del mundo, esta intuición se repite: En Japón, familias reciben apoyo estatal para dejar la ciudad y criar a sus hijos en aldeas rurales. En Italia, pueblos semiabandonados entregan casas por un euro a quienes estén dispuestos a habitar y cuidar. En Escocia, se diseñan servicios móviles para mantener viva la vida rural dispersa. En India, distritos enteros se comprometen a erradicar la migración forzada del campo mediante agua, salud y trabajo digno.

En esa línea, iniciativas como los subsidios a jóvenes rurales para acceder a tierras productivas, recientemente impulsadas por el Gobierno, son una señal esperanzadora. Sin embargo, este tipo de políticas debieran ampliarse a todas las personas que, sin necesariamente haber nacido en el mundo rural, desean emprender ese camino con criterios de sostenibilidad, cuidado del paisaje y reconstrucción comunitaria, piénsese, por ejemplo, en un dentista, una profesora, un técnico o incluso alguien dedicado a mediar conflictos locales: personas que pueden aportar  sanando, enseñando, cuidando o incluso reparando los vínculos del territorio rural.

Fuentes consultadas:

Volver al Campo: las posibilidades que trae una nueva generación rural

Rural, conservación, DRC

por Macarena Soler, abogada especialista en medioambiente, fundadora de Geute Conservación Sur

Hace un siglo la migración campo-ciudad en Chile era el resultado de la desigualdad y la pobreza. En esos años la mitad de los chilenos eran campesinos, es decir los abuelos y bisabuelos de muchos de nosotros. Y somos muchos de nosotros, un par de generaciones más tarde, los que queremos volver.

Ciudades colapsadas, violencia, estrés, contaminación, hacinamiento, cambio climático, las experiencias derivadas de la pandemia de Covid 19, así como la posibilidad de trabajar desde casa, entre otros factores, han llevado a la convicción de que en las zonas rurales la calidad de vida será mejor. Así lo recuerdan nuestras historias familiares y así lo dice nuestra propia experiencia de 15 días de vacaciones al año entre montañas, lagos, playas, o bosques.

Todos los estudios ratifican esta intuición. La felicidad, longevidad y la salud están íntimamente asociadas, entre otros factores, al contacto estrecho y permanente con la naturaleza, a la alimentación saludable, y a la vida en comunidad, la cual genera un sólido tejido de contención y de apoyo recíproco. La felicidad es una meta humana fundamental, algo que pese a ser obvio, ha sido relegado por la religión económica globalizada, que acopla el crecimiento al desarrollo.

Bután introdujo en los años 70 el “Índice Nacional Bruto de Felicidad”, para determinar el bienestar y el progreso de un país en oposición al Producto Interno Bruto (PIB). Fue este mismo país el que inspiró a las Naciones Unidas a reconocer una resolución llamada «Felicidad: Hacia un enfoque holístico del desarrollo», llamándonos a repensar nuestro sistema de mercado hacia uno que apunte a una integración más armónica entre nuestras necesidades y la naturaleza, poniendo al ser humano y a su felicidad al centro del debate.

Desde el año 2013 la ONU realiza el Informe Mundial de la Felicidad (WHR), donde se miden variables como esperanza de vida saludable, apoyo social en tiempos de problemas, poca corrupción y alta confianza social, generosidad en una comunidad donde las personas se cuidan entre sí, y libertad para tomar decisiones clave en la vida.

Lo interesante, según estos informes, es que las sociedades más felices, son más resilientes económicamente y tienen mejores índices de PIB per cápita. Además, en tiempos de crisis, como la pandemia o una recesión económica, buscan y encuentran formas cooperativas de trabajo para para reparar el daño y reconstruir mejores vidas.

Lamentablemente, llevamos décadas en una única dirección, reemplazando nuestras tradiciones por lo extranjero, lo moderno y la moda; la agricultura por la agroindustria; lo rural por lo urbano; lo duradero por lo desechable. Una lista infinita de imposiciones culturales que nos convierten en una sociedad mono pensante. Tan mono pensante que el disidente arriesga el descrédito y “la funa”.

En contrapartida, pareciera que “volver” es la verdadera vanguardia. Muchos estamos recordando nuestros orígenes en todo ámbito, como tomarse el tiempo para cocinar, en vez de optar por la comida rápida o la envasada. Cultivar la propia comida o comprar al productor local, en vez de optar por las grandes cadenas de supermercados. Explorar y hacer ecoturismo, en vez de preferir los resorts y los viajes full day. Estamos optando por una vida más simple y sana, por tiempo libre, vida familiar, y, en muchos casos, por regresar al campo.

La migración inversa, de la ciudad al campo, no es un proceso malo en sí mismo. No obstante, a nadie le cabe duda de que es una necesidad urgente ordenar la ocupación del territorio rural, regular el mercado inmobiliario y generar certezas de que, en un marco de igualdad ante la ley, protejan el medio ambiente y a las comunidades rurales.

Actualmente, el 83% del territorio chileno se considera rural, pero cerca del 90% de los chilenos vive en ciudades. Nuestro territorio alberga un sinfín de oportunidades para esta nueva generación rural: un desarrollo integral, es decir espiritual, material y comunitario; revitalizar nuestra cultura e identidad; o hacernos partícipes de la conservación de la biodiversidad, siendo activos en la tarea de restaurar los ecosistemas que hemos degradado y apostar también por una bioeconomía. Hoy, además, existen múltiples posibilidades tecnológicas para habitar en armonía con la naturaleza, minimizando nuestros impactos y produciendo de manera regenerativa.

Regresar al campo para muchos es una necesidad, una que seguirá creciendo. El verdadero desafío es dar espacio a estas legítimas decisiones de vida, reconociendo además sus enormes y beneficiosas posibilidades.